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  • El retrato imaginario de San Ignacio de Loyola.
    Francisco de Goya y Lucientes

Autor: Francisco de Goya y Lucientes
PVP: Consultar
Fecha: Circa 1775
Técnica: Óleo sobre lienzo
Medidas: 85 x 57 cm
Colección particular

La presente obra, dada a conocer en 1979, y gracias a la acertada limpieza revela ahora con seguridad la calidad y forma de hacer propias del artista aragonés en fechas muy próximas a su marcha a la Corte o de los primeros
momentos de su estancia en ella. La corporeidad que adquiere la figura ante el fondo abstracto, el realismo que la impregna y la emotiva expresividad del rostro, así como la seguridad en la aplicación de las pinceladas, mediante las que consigue la luz con precisión, son consecuencia de su evolución como artista tras el periodo de formación en Italia.

A pesar de que no se ha hallado documentación que lo confirme, se ha admitido tradicionalmente que Goya lo pintó para Juan Ignacio Ezcurra (1750-1827), ya que el cuadro representa al santo de su nombre y además se mantuvo entre sus descendientes hasta mediados de la década de los setenta del pasado siglo.

Ezcurra, navarro de nacimiento, ya se encontraba en Buenos Aires en 1783, cuando contrajo matrimonio con Teodora Arguibel López-Cossío (1763-1846), por lo que parece lógico situar dicho año como la fecha ante quem de la realización de la pintura. Frente a lo que se ha señalado en la bibliografía de esta obra, Ezcurra no fue nunca virrey del Río de la Plata, aunque fue síndico del Real Consulado; en cambio, su hija Encarnación Ezcurra (1795-1838) se casó con José Manuel de Rosas-López Osornio (1793-1877), quien llegó a ser Gobernador de Buenos Aires y de su Provincia.

Como había sucedido con la Muerte de San Francisco Javier [CAT. 12] que Goya pintó para su entorno más cercano, en este caso tampoco pareció importar el hecho de tratarse de un tema vinculado a la, recientemente expulsada de España (1767), Compañía de Jesús, como es la imagen de su fundador, ya que la devoción popular se mantenía al margen de su proscripción.

Goya representa a san Ignacio de Loyola de medio cuerpo, girado hacia su derecha pero mirando hacia el espectador casi de frente. Aunque mantiene los elementos fundamentales de su iconografía, como el hábito oscuro de los jesuitas, con el rosario prendido en la cintura, el anagrama de la Orden, que aparece en el ángulo superior derecho, y la divisa, en el libro, <<AD MARIOREM DEI GLORIAM>> [<<A la mayor Gloria de Dios>>], que el santo fundador usó en sus escritos, se aparta de la fisionomía de San Ignacio fijada a raíz de su canonización en 1622 y le muestra sin la barba que habitualmente le caracteriza. Goya se aleja así de los convencionalismos y logra crear una imagen de mayor realismo, cercana, que destaca por la expresividad de su mirada, clavada en el espectador con los ojos levemente desencajados que sugieren la fe y revelan el idealismo que pone en su misión.

La luz presente en la obra parece provenir del halo de santidad, formado por sutiles círculos concéntricos de luz blanca cuya intensidad decrece a medida que se alejan de la cabeza y que iluminan fuertemente las zonas próximas a ellos, como el rostro, y especialmente la frente, la mejilla derecha y la nariz, la página del libro donde se incluye la divisa jesuita y la mano derecha, mientras que las zonas más apartadas del halo luminosos quedan casi en penumbra. La maestría de Goya en la forma de aplicar el color y las veladuras se advierte claramente en las manos del santo, conseguidas con pinceladas de color de gran precisión , en tono más rojizo en los dedos, que no reciben la misma cantidad de luz. En el caso de la derecha, se translucen incluso las venas, al haber sabido reflejar hábilmente el artista la transparencia de la piel.

Procedencia: Juan Ignacio Ezcurra; Encarnación Ezcurra; Gregoria Rosas Ezcurra; vendido en Christie’s Londres, 1976; Madrid, colección particular, 1979; Zaragoza, colección particular.

Bibliografía esencial: Camón Aznar, 1979, p. 201-202; Camón Aznar, 1981, v. II, p. 54; Buendía, 1986c, p. 92, n. 35; Morales y Marín, 1990, p. 196, n. 78; Morales y Marín, 1994, p. 207-208, n. 185.

Obra declarada Bien de Interés Cultural por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Expediente 07596. 19 de agosto de 2015. Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales y de Archivos y Bibliotecas. Orden Ministerial del 30 de julio de 2015.